Cada vez que abres una red social, no eres el usuario: eres el producto.
Tus gustos, tus miedos, tus opiniones y tus emociones son analizados, clasificados y vendidos.
Crees que eliges lo que ves, pero en realidad un algoritmo decide qué debes pensar, sentir y consumir.
No ves la realidad: ves una versión filtrada que maximiza tu atención y tus reacciones.
Las redes no están diseñadas para informarte, sino para mantenerte enganchado.
Mientras más tiempo pases en ellas, más dinero generan las plataformas.
El problema no es solo tecnológico, es psicológico y político.
Porque quien controla la información, controla la percepción de la realidad.
Hoy, millones de personas creen que tienen opiniones propias, cuando en realidad repiten narrativas diseñadas por algoritmos y tendencias virales.
La verdadera rebeldía no es publicar más, sino pensar sin permiso del algoritmo.








