Durante gran parte del siglo XX, el mundo giró alrededor de potencias dominantes. Hoy, ninguna tiene la capacidad ni la legitimidad para liderar el sistema internacional.
Este vacío genera conflictos regionales, alianzas frágiles y decisiones impredecibles. Un mundo sin liderazgo claro no es más libre, sino más inestable. El desafío global no es quién manda, sino cómo se construye un equilibrio duradero.








